Os voy a contar un secreto a voces. El 15 de mayo yo estaba a tope con mi novela, que tiene unos 22 capítulos breves, de los cuales ya había escrito diez, y un total de, aproximadamente, 50.000 palabras, de las cuales llevaba 20.000. Prácticamente estaba a la mitad ya con la trama montada, una trama que, además, tiene saltos en el tiempo y se sustenta en un acontecimiento histórico.

Para que me podáis seguir, os tengo que contar antes de qué trata mi todavía no acabada novela La memoria —como veréis más adelante, ya poco miedo me da el plagio a pesar de no haberla terminado ni registrado—. Cuenta la historia de una joven llamada Paz que, a los 16 años, en la Valencia de 1938 —plena Guerra Civil española—, emprende el camino del exilio con su padre —un catedrático de derecho de la universidad bien posicionado y de ideas republicanas—, con la idea de vivir en Francia desde entonces visto el avance y el poder de las tropas rebeldes. Después de una serie de complicaciones y con el incipiente estallido de la Segunda Guerra Mundial, los dos embarcan en el Winnipeg, el barco que el poeta chileno Pablo Neruda, diplomático entonces en Francia, ha conseguido con ayuda del gobierno de su país para trasladar a unos dos mil españoles refugiados que serían mano de obra profesional en Chile y tendrían un nuevo hogar.

Vale, ¿y tu traumita? Dame chicha o me piro, reina

Sí, ya sé que has venido hasta aquí para ver mi hostiazo, como cuando ponemos esos programas de caídas absurdas y doloras: hay quien lo pone para reírse y hay quien a la segunda caída se tapa los ojos o cambia de canal. Sé que lo estás deseando, pero quería aprovechar mis segundos de oro de tu atención para que leyeras mi trama, puesto que con lo que te voy a contar, seguramente mi libro y mi genial idea de rescatar un acontecimiento histórico acontecido hace 80 años del que nadie había hablado demasiado en España —existen máximo tres libros sobre esto, y no son novelas— quede en los más recónditos fondos de los buzones de entrada de los emails de las editoriales de mis sueños.

Pues, como decía, hasta el día 15 de mayo —san Isidro, festivo en Madrid, de ahí que fuera un día clave— yo estaba muy centrada y convencida de que acabaría mi novela en los próximos meses. Me iba a mi cafetería de cabecera y tecleaba. Ja. 15 de mayo. Bello momento aquel en el sofá de casa, hora de la siesta: «Clara, mírate en el iPad el libro este sobre Allende, El último tango de Salvador Allende, a ver si te ayuda a inspirarte para la segunda mitad del libro», me dije. ¿Qué podía pasar?

«Allende», escribí en el buscador de la aplicación de libros de iPad. Ay, Allende, en una aplicación de libros. Te puedes imaginar que el libro sobre Salvador Allende no fue lo primero en aparecer. Claro que no, si un familiar suyo es una de las escritoras de habla hispana más prolíficas. «Vaya, Isabel Allende, no era lo que buscaba». Ja. Me sale un listado de los libros de la escritora: Eva luna, La casa de los espíritus… entre otros muchos típicos y conocidos. De pronto veo un barco. Una portada con un barco. ¿Un barco? ¡¿Cómo que un barco!? ¿Qué libro de Isabel Allende va sobre un barco? «Espera, Clara, espera, abre el icono y mira más de cerca la portada del libro, ya verás como…».

Y el barco, cómo no, llevaba su nombre en uno de sus costados: Winnipeg. «¡¿Winnipeg!? ¿Cómo que Winnipeg? ¿Por qué no sé que este libro existe? Si he investigado mazo sobre esto». Bueno, pensé eso y un millón de cosas más agolpadas hasta que respiré y seguí leyendo. Aparecía la trama: «Víctor Dalmau…, Roser Bruguera…» (hasta algunos personajes se llamaban igual), y la fecha de salida del libro: 21 de mayo.

¿Seriously? O sea, el drama.

Antes de seguir, tendría que decir algo. Aunque me puse ya a escribir la novela de verdad —en plan, «venga, Clara, no lo pospongas más»—, a partir de octubre de 2018, la primera página y la idea original surgió en mi cabeza un año antes, en septiembre de 2017, cuando conocí ese hecho histórico. Quiero decir con esto que en ese momento aprendí la primera lección: ir a tu ritmo con nuevas ideas, nuevos proyectos y con una novela que te parece que podría ocurrírsele a otro (o sea, yo sabía que esto podía pasar, pero no pensé en Isabel Allende ni en ningún escritor de renombre) es una mala ocurrencia: date prisa y no lo retrases, si crees en tu trama y en tu escritura, no va a haber mejor momento, pospón otras cosas, no esa.

¿Y qué pasó?

Bueno, tardé un minuto en darme cuenta de que mi novela se había ido a la basura (o eso pensé) porque una escritora infinitamente «mejor» (más famosa, más premiada, más reconocida, más mayor, con más recorrido, más maestra, más todo, obviamente) y con más recursos (esto no tiene que ver, pero jode más) había tenido la misma idea que yo y su libro iba a salir inminentemente, lo iba a petar que no veas y yo me iba a quedar con una novela que no tenía nada de novedoso y muchas horas se irían por el retrete (que quizá antes también, pero hubiera sido sin razón o hubiera culpado, no sé, a la sociedad, o al maldito elitismo editorial, a la mala suerte, yo qué sé, puede que incluso a que escribo mal, pero es que ahora había una razón mucho más justificada y que se escapaba de mi control).

Mi primera reacción fue decírselo a un par de personas de confianza: mis padres, mi socia y mi pareja… La vergüenza tenía que mantenerla bajo llave en momentos de shock y contarla a gente que me fuera a dar una palmadita en la espalda con cariño. No se podía hacer nada, pero me tenía que quejar. Mi único consuelo en ese momento era mantenerlo en la intimidad y lamentarme. No pensé en hacer nada más. Algunos me decían: léelo y aprende de ese libro para retomar y mejorar el tuyo desde otra perspectiva. Otros me decían que bueno, que no pensara en ello.

Pero es que cuando pasa una cosa así, no puedes evitar que te importe y tampoco puedes dejar de hacer algo.

Mi idea primigenia fue no leerlo. No había salido el libro y ya lo odiaba. A la escritora no, al libro. De hecho, la escritora siempre me ha caído bien, nada que decir en su contra. Alguno de sus libros ha sido fundamental para mí. Pero la verdad es que, en el primer momento, no voy a mentir, me c***é en todo lo posible: la autora, Neruda, el Winnipeg, la Guerra Civil…, no sé, en todo.

Yo tengo una cosa buena y mala, y es que soy muy calmada/zen, pero no zen puro del de verdad, más bien del tipo Ned Flanders, del que acaba explotando.

Creo que mi bloqueo, el que vengo a contaros, se basa en eso, en la concentración de emociones negativas que me causó descubrir que alguien se había adelantado.

Esas emociones se fueron macerando en una serie de pasos:

  • Primero pasé por la fase del derrumbamiento total: «vaya mierda, pues no sigo escribiendo, total, mi libro no va a leer ni perri y va a parecer una copia de un best seller».
  • Después por la del menosprecio a mí misma: «si yo no sé para que me pongo a escribir nada, si es que soy muy lenta escribiendo, si es que nunca me pongo con lo importante y siempre con lo urgente…» y otros modos de laceración moderna.
  • Días más tarde, la fase no me voy a conformar. La tercera de mis reacciones fue ir como una loca a la biblioteca y, ah, claro, el día 21… ¿adivina quién fue la primera en comprarse el libro, por cierto, que se titula Largo pétalo de mar? Aquí la menda lerenda. Y en la biblioteca pues me saqué seis libros (o sea, yo, siete libros —contando con el susodicho— para leerme a la vez teniendo en cuenta a lo que me dedico —a corregir y leer otras cosas toda la jornada laboral—, es que no me los leo ni loca antes de que acabe el préstamo, vamos, que ya lo sé yo, porque no me da la cabeza). Total, que me saqué bibliografía para aburrir porque necesitaba alimentar a mi pequeñez y todos esos demonios interiores de inferioridad que me decían: «no tienes ni idea, vas a meter la gamba en todos los detalles históricos, el otro libro tiene un equipo de investigación detrás para recabar información y evitar fallos y tú pretendes hacer algo así sola y lo vas a hacer mal».
  • La fase de reírse de uno mismo. Cuando, más de una semana después, ya había asumido el drama, algo en mí dijo: «cuéntalo, que así al menos te ríes con tus amigos, y ya verás lo que haces». Así que se lo conté a diversos grupos de amigos y oye, un rato nos hemos reído. Algunos ya usan mi relación ficticia con Allende para hacer chistes.
  • La quinta fase, ojo, casi un mes después, que podría llamarse la de las conclusiones constructivas, fue darme cuenta de varias cosas:
  1. Has tenido la misma idea que Isabel Allende.
  2. Isabel Allende (siento la indiscreción, pero está en Wikipedia) tiene 50 años más que tú de vida y 35 de carrera literaria, y un equipo, imagino, que la asesora sobre temas interesantes y tendencias, cosas que lo pueden petar.
  3. Joder, Clara, ¡que has tenido la misma idea que una autora archiconocida que va a vender su libro como roscas!
  4. Oye, pues igual se pone el tema de moda y no es tan malo, igual hasta a alguien le interesa por eso.
  5. Me estoy leyendo el libro y no tiene nada que ver con el mío.
  6. El libro no está formulado del mismo modo y, aunque comparte tema, el propósito narrativo no es exactamente el mismo ni los personajes se parecen.
  7. Mira, tú termínalo, infórmate todo lo que puedas, coteja tus datos con los de este libro —mira, ¡pues ya tienes hecha la investigación histórica!— y tira millas, que te pones a llorar y ya has perdido un mes, bonita excusa te has buscado.

Y efectivamente, hasta el 9 de junio no volví a abrir el archivo y seguir escribiendo porque me había sumido en un bloqueo tremendo que de verdad nunca pensé que tendría. Lo habitual es que la vida personal se interponga, pero… ¡la literatura internacional! Es algo rarísimo. La conclusión que saco es que, en cualquiera de los dos casos, tienes que permitirte pasar por unas etapas determinadas (arriba he puesto las mías), y superarlo. Si de verdad quieres escribir el libro, un libro en el que crees, te va a dar igual lo que pase: aunque tu vida se desmorone, no pierdas la oportunidad. Ya sé que mi bloqueo no tiene que ver con la pérdida de un familiar ni con problemas económicos, pero sí ha tenido mucha relación con creer en mis capacidades, que es casi peor, con no creer en mi idea, con creer que el hecho de que haya dos libros de lo mismo ya los hace iguales. Vamos, un bajón de autoestima brutal.

El día 9 de junio volví al libro, revisé el plan de escritura, leí lo último que había escrito —antes del drama— y me encantó, y me dije: «pues me gusta infinitamente más mi libro que el otro —que todavía no lo he terminado de leer, pero ahí vamos— y no tienen nada que ver». (Obviamente no soy objetiva juzgando mi libro y el de Allende porque el mío es mío, pero bueno, por lo menos valoro lo que hago y no me pongo en plan «he escrito algo que no vale nada»). Y así es, al final cada uno tiene sus recursos a la hora de escribir y diferentes emociones que trasmitir.

Con todo este rollo, quiero decirte que ser escritor requiere muchísimas habilidades. No solo se trata de dominar el lenguaje, o de saber construir una buena trama. Para nada. Para ser escritor hay que ser una persona fuerte, constante, persistente y emocional, pero ojo, también ser emocionalmente resistente e incluso ser capaz digerir y asimilar una serie de emociones, que a veces nos sobrepasan, para reponernos y, después, no solo saber modelar el lenguaje en torno a esas emociones, también hacernos fuertes gracias a ellas, porque, ah, amigo, después de escribir el libro vendrá otra lucha: intentar publicarlo. ¡Y sí, menuda batalla es esa!

Si estás escribiendo un libro, muy importante: intenta que nada se interponga, controla tú las fechas, planifica bien qué vas a escribir y ve dosificando tu energía. Venga, que al final lo conseguiremos, como decía José Hierro:

Irás naciendo poco
a poco, día a día.
Como todas las cosas
que hablan hondo, será
tu palabra sencilla.

A veces no sabrán
qué dices. No te pidan
luz. Mejor en la sombra
amor se comunica.

Así, incansablemente,
hila que te hila.

¡Hecho!

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